Martes 13

Itzel no era supersticiosa. Nunca lo había sido. Así que cuando se levantó media hora tarde porque su alarma no había sonado no puso atención al hecho de que era martes 13. Apurada al ver la hora, se metió a bañar, sólo para darse cuenta de que se le había acabado el gas, y el agua estaba muy fría debido a las bajas temperaturas que predominaban en las mañanas de invierno de su ciudad. Se vistió con prisa y no se dio cuenta de que la media se había rasgado (lo haría a media mañana, durante una reunión con un cliente muy importante). Le dio un beso en la mejilla a Fabian, que aún dormía (tenía la suerte de hacer home office, y de esa forma evitaba las aglomeraciones y el tráfico), a manera de despedida y salió corriendo del departamento.

El día había empezado mal, y seguía con ese tono. Lo supo por el letrero en el que se podía leer “FUERA DE SERVICIO” colgado de la puerta del ascensor. Así que tuvo que bajar corriendo los ocho pisos debajo del suyo para poder llegar a la calle. Al salir, se dio cuenta, de la peor manera posible, de que el vecino había sacado a pasear a su perro y de nuevo había “olvidado” recoger su excremento. Caminó rápidamente hasta la estación del metro más cercana y al ir bajando la escalera resbaló y cayó de nalgas al suelo. Dos jóvenes y una señora se acercaron a preguntar si se encontraba bien y la ayudaron a levantarse, mientras otros pocos se reían de su infortunio.

El trayecto a la oficina no tuvo más contratiempos, incluso llegó al edificio donde se encontraba su oficina con tiempo suficiente para pasar al Starbucks que se ubicaba al lado por un café. El barista le sonrió y, sin preguntar, le sirvió lo mismo de siempre. Al tratar de pagar con su tarjeta de débito, ésta fue rechazada (al llamar más tarde al banco se enteraría de varios cargos que ella no había hecho, los cuales habían dejado su cuenta prácticamente en ceros), pero afortunadamente contaba con el efectivo suficiente para pagar su café. Para eso y nada más.

Al salir, no se percató de que un ciclista venía sobre la banqueta. Casi la atropella, si no es porque alcanzó a esquivarlo. Lamentablemente, la mitad de su café terminó sobre su blusa de seda blanca. Se lamentó, gritó, aguantó el llanto. No recordaba haber tenido antes un día así de malo.

Y apenas iban a dar las nueve de la mañana.

Consiguió que le prestaran una blusa. No era de su talla, pero por lo menos no estaba manchada de café. El resto del día no parecía mejorar, sino todo lo contrario. Éste transcurrió entre juntas con clientes que no salieron del todo bien, evaluaciones de desempeño bajas por detalles ridículos (¿Entonces un sueter verde es considerado como una falta al código de vestimenta?), corajes y molestias a llamar al banco, pena al pedir un préstamo de caja chica (el cual no le dieron) y pedirle a Doña Rosita, la de la cocina económica, que le fiara la comida, y llamadas de atención de su jefe por estar distraída en el trabajo y verse desaliñada. Estaba a punto de explotar, pero se controló. Más tarde, pensó, tendría la oportunidad de desahogarse con Fabián.

Tuvo que quedarse a trabajar horas extra. Cuando por fin salió, estaba lloviendo y, debido a las nubes, estaba más oscuro que de costumbre. No traía paraguas, así que tomó su abrigo y se envolvió bien con él, y comenzó su camino hacia la estación del metro. En el trayecto, se percató de que un hombre había comenzado a seguirla. Comenzó a acelerar el paso, y el hombre hizo lo propio. Tomó las llaves de dentro de su bolso y se las puso entre los dedos. Pensó que de esa forma, si algo sucedía, podría golpearlo y tener más posibilidades de hacerle daño, y así poder escapar. De pronto, el tacón de su zapato se atoró en una grieta en la banqueta y se rompió, provocando que Itzel cayera al suelo. Esto fue aprovechado por el hombre que, rápidamente, tomó el bolso y emprendió la huida. Ella se quedó tirada en el suelo, llorando de rabia e impotencia. Era demasiado para un sólo día. Más de lo que podía soportar. Una anciana que iba pasando se apiadó de ella y la ayudó a levantarse. Le platicó, entre sollozos, lo terrible de su día a grandes rasgos y la anciana, en un gesto de bondad, le dio cien pesos para que tomara un taxi y pudiera llegar a casa. Al principio se negó a aceptarlos, pero la insistencia de la anciana fue tanta que al final los aceptó, agradeciendo hasta el cansancio el gesto.

Camino a casa pensaba en todo lo que tenía que hacer. Renovar sus identificaciones, cancelar y renovar tarjetas, reportar su número de teléfono, y mil cosas más que le pasaban por la mente. Por lo menos tenía las llaves y podría entrar a su departamento. Solamente quería llegar, darse un baño, tomar una taza de chocolate caliente y que Fabián la abrazara.

Al entrar al departamento, lo primero que vio fueron unas maletas al lado de la puerta, y de inmediato lo entendió. Sí, sabía que Fabián y ella habían estado teniendo problemas, pero ella sentía, creía, estaba segura de que podían superarlos. Aparentemente, él no pensaba lo mismo.

Fue a la cocina, tomó uno de los cuchillos que habían comprado apenas el fin de semana (y que ni siquiera habían tenido oportunidad de estrenar) y se dirigió a la recámara. No hizo mucho ruido (había decidido tirar los zapatos a la basura al entrar al edificio), así que Fabián no se percató de su presencia. Estaba de espaldas hacia ella terminando de empacar su ropa interior.

Todo sucedió en cuestión de unos cuantos segundos. Lo tomó del cabello, jalando su cabeza hacia atrás, y le encajó el cuchillo en el cuello, abriéndole con esto la traquea y cercenando su arteria carótida. Jaló el cuchillo y lo enterró una vez más, ahora en su pecho, pasando entre las costillas y perforando su pulmón derecho. Alzó el cuchillo una última vez y lo bajó con fuerza, enterrándolo ahora en el estómago. Lo soltó y su cuerpo, aún con vida, cayó hacia un costado y sus ojos se fijaron en ella, antes de exhalar su último aliento.

-No puedo permitir que me dejes hoy. No puedo permitir que este día sea aún peor- dijo, dirigiéndose al ahora inerte cuerpo de Fabián. Acto seguido, se agachó, le dio un beso en la mejilla y se dirigió a la cocina a prepararse una taza de chocolate caliente.

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Decisiones

Aurora se miró al espejo después de lavarse la cara. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Todavía no podía superar el dolor causado por todos ellos. Martín, Oscar, Emiliano, Erick, todos la habían hecho sufrir (o ella así lo veía). Todos eran culpables de que ahora ella hubiera decidido acabar con su propia vida. Sus manos temblaban aún con la navaja de rasurar ensangrentada en su mano derecha. El piso de la regadera estaba completamente teñido de rojo, y el cadaver desnudo de Oscar yacía en un charco que poco a poco se iba haciendo menos profundo.Era una lástima que no tuviera bañera, pensó. No se molestó en abrir las llaves, de todos modos ella no iba a ser la encargada de limpiar ese desastre.

 

Se secó la cara con la toalla de manos, y al regresarla a su lugar se dio cuenta de que esta se había tornado color carmesí. Se pendejeó a si misma por no haberse lavado bien, odiaba tener toallas sucias. Como acto reflejo, la aventó al bote de la ropa sucia. Salió del baño, y volteó a ver el cuerpo de Martín que se encontraba atado a una silla del comedor con un orificio de entrada en el paladar y un orificio de salida en la parte posterior superior de la cabeza, el cual empezaba a mosquearse. Traía puesta la playera que ella le había regalado en su primer mes de novios, así que consideró una lástima que se hubiera arruinado. Colgando de una viga del techo, detrás de él, el cuerpo sin vida de Erick se balanceaba de un lado a otro (había olvidado cerrar la ventana, y se había metido una corriente de aire). Al verlos, estuvo a punto de romper en llanto otra vez, pero recordó que se había prometido no derramar ni una lágrima más por ellos (lo cual no había cumplido, pero recordaba cada vez que lo hacía), e hizo un esfuerzo por aguantar. Entró al cuarto, en donde Emiliano aún se convulsionaba y luchaba por su vida, mientras una espuma le brotaba de la boca y las pastillas que no pudo hacer que tragara yacían regadas en la cama y el suelo. Para tener las extremidades atadas a los postes de la cama se mueve mucho, pensó.

 

Mientras paseaba por el departamento por última vez, viendo a uno, luego a otro, valorando cuál se veía mejor, revisando los tiempos de muerte, márgenes de error y rictus de dolor, analizaba cómo iba a terminar con su vida.

 

Despues de todo, ellos la había orillado a tomar esa decisión. Lo menos que podían hacer era ayudarla a decidir cómo iba a hacerlo.

Feliz Navidad

Ernesto estaba feliz con su nuevo trabajo, aunque fuera temporal. Después de todo, no había sido nada fácil encontrar trabajo con sus antecedentes penales. Se justificaba a si mismo pensando que habían sido errores de juventud, que era un hombre diferente, que había sido la droga y no él, y varias razones más. Pero ninguna le importaba a los empleadores, que le decían el típico “Nosotros le llamamos”, lo cual nunca pasaba. Pero este trabajo le gustaba. Ponerse el traje rojo, las botas negras, los guantes blancos, la barba y peluca blancas y rizadas, salir y ver a los niños sonreír, recibir sus abrazos, sus besos, su cariño, lo hacían olvidar lo malo de su situación.

Ese día había sido pesado. Cargaba encima con casi ocho horas de una fila de niños que parecía interminable, y ni siquiera había tenido tiempo de comer, aunque no le importaba tanto al ver a los niños sonreír cuando llegaba su turno. Incluso algunos de ellos habían compartido galletas, papitas, o lo que estuvieran comiendo con él. Además de tomar breves descansos para beber un poco de agua.

Faltaba poco tiempo para que terminara su turno, cuando llegó el turno de Claudia, una niña un poco más grande que los demás, la cual al acercarse no iba sonriendo. Sus “elfos” se encargaban de hacer una lista de los niños en la fila, así que cuando ella llegó el ya sabía su nombre y edad.

-¡Hola, Claudia!- Dijo Ernesto, sonriendo. Ella no le regresó la sonrisa. Simplemente se sentó en sus piernas.

-Un día difícil, por lo que veo- Siguió diciendo -Jo jo jo jo. No te preocupes amiguita. Dime, ¿qué es lo que quieres está navidad?

-A ti- Contestó ella, y le clavó un cuchillo de cocina entre las costillas repetidamente. Los elfos tardaron en reaccionar, dos de ellos la agarraron y la desarmaron mientras uno trataba de hacer reaccionar a Ernesto, que agonizaba en el suelo. Algunos niños lloraban, horrorizados, mientras que otros habían corrido, presas del pánico. Los curiosos comenzaron a llegar, y algunos, en vez de ayudar, sacaron sus teléfonos celulares y grabaron, tomaron fotos. Incluso una persona se tomó una selfie con el agonizante hombre bonachón de rojo tirado en un charco de sangre como fondo.

Mientras todo eso pasaba, los elfos trataban de detener a Claudia, mientras ella preguntaba a gritos, llorando, por qué el hombre de rojo nunca le había llevado su bicicleta rosa con la canastilla blanca y calcomanías de flores que le pidió por años.

Sopa

-Hola, mi amor- Daniela recibe a Armando como todas las tardes, con un beso y la mesa puesta para una persona -¿Cómo te fue?

-Bien mi vida- Contesta él, y como todas las tardes, cuelga su saco en el perchero, coloca su portafolios a un lado del mismo, se afloja la corbata y se sienta para disponerse a comer.

Daniela sirve la sopa en un tazón, y la lleva a la mesa.

-Aquí está tu sopa, amor. Come.

-Gracias.

-¿Qué hiciste hoy?

-En la mañana tuve junta con mi jefa en su oficina.

-No me cae bien esa mujer.

-Lo sé amor, pero es nada más mi jefa.

-¿Le dijiste de la nueva secretaria?

-Sí. Le dije que ya había puesto el anuncio en OCC el día anterior, que iba a revisar los curriculums que llegaran.

-¿Seguía molesta porque habías corrido a la otra?

-Ya no. Creo que lo que me sugeriste que le dijera que hizo la convenció al final de que había tomado una buena decisión.

-Qué bueno. Come, mi vida.

-Sí.

-¿Revisaste los curriculums?

-Sí, en eso estaba hace rato. Al rato te los mando.

-¿Cómo ves a las candidatas?

-Había una con algo de experiencia. 30 años. Soltera. Ya la descarté.

-¿Y las demás?

-Aún no termino de revisarlos. Deja los reviso y te los paso para que les llames mañana.

-Ok.

-¿Y a dónde fuiste a la hora de la comida?

-Te dije hace rato. Fui a la fonda de Doña Lupe con Javier y Sergio.

-¿Nada más con ellos?

-Sí, mi vida.

-Y qué comiste?

-Pechuga empanizada con ensalada.

-¡Qué rico!

-Sí. Ya sabes que Doña Pelos cocina rico. Me preguntó por ti.

-Me la saludas si vas mañana.

-Ok.

-Come.

-Sí.

 

Se hizo un silencio de unos segundos, después del cual Daniela Preguntó:

-¿Quién es Lidia Márquez?

-Una proveedora- Contestó Armando sin inmutarse -¿Por?

-Es que tenías una solicitud de amistad de ella.

-Me ha de haber encontrado por el Facebook de la empresa.

-¿La vas a aceptar?

-Es una proveedora importante. Yo creo que sí, y ya cuando se haga el trato la elimino.

-¿Es casada?

-Divorciada.

-Ah, mira…

-Mi amor, sabes que sólo tengo ojos para tí, ¿o no?

-Sí, lo se, pero me pongo celosa.

-Para empezar, es una empresaria importante, trae chofer y todo. ¿Crees que se fijaría en mí?

-No lo se, eres muy guapo.

-Tú me ves con ojos de amor.

-¿Me prestas tu celular?

-Sí, toma. Es más, ya me acabé mi sopa.

Daniela tomó el celular de Armando y buscó en los contactos hasta que encontró uno que decía “Sra. Márquez”. Busco el registro de comunicacion entre ellos, y no encontró nada reciente. El último registro era una llamada entrante de hace más de una semana.

-¿Entonces no te llama la atencion ni tantito?- Preguntó Daniela, con un tono entre tristeza y ternura, y la mirada apagada.

-No amor, ni tantito.

-¿Me lo juras?

-Te lo juro.

-Está bien. Te creo- Dijo al fin, con una sonrisa en el rostro.

-¿Me das un besito?

-Sí amor, pero deja te doy el antídoto primero.

-Gracias, mi vida. Te amo.

 

Pesadillas

-¡PAPÁ! ¡PAPÁ! ¡PAPÁ!- Gritaba el pequeño Guillermo desde su cuarto. Había tenido otra pesadilla, la tercera en la semana. José, su padre, entró corriendo a la habitación y lo abrazó.

-¿Qué pasa, Pollo?- Guillermo no podía ni siquiera hablar. La respiración se le entrecortaba entre los sollozos y su rostro estaba cubierto de lágrimas, las cuales no dejaban de brotar. -Aquí estoy hijo, aquí está papi. No pasa nada, fue solo un sueño.

José tomó a su hijo entre sus brazos, lo sentó en su regazo y comenzó a balancearse para arrullarlo, al tiempo que le cantaba al oído “Somewhere over the rainbow”, que era la canción que le cantaba cuando era un bebé para intentar que durmiera o dejara de llorar; casi siempre surtía efecto, y esta vez no fue la excepción: poco a poco, Guillermo se fue tranquilizando, al tiempo que succionaba su pulgar, algo que había dejado de hacer a los tres años y ahora, a los diez, había retomado.

-¿Cómo estás Pollo?- Preguntó José a su hijo

-Tuve una quesadilla.

-Pesadilla, hijo- Lo corrigió, y besó su frente -¿Te acuerdas de lo que te he dicho de las pesadillas?

-¿Que no son de a de veras?

-Exacto, no son reales, ¿qué más?

¿Que no me pueden hacer nada?

-No Pollo, no te pueden hacer nada, ¿qué más?

-¿Que si me vuelve a pasar algo malo tú me vas a proteger?

-Sí mi vida, yo siempre te voy a proteger- Contestó mientras volvía a besar su frente- Ahora duérmete otra vez.

-¿Papá?

-Mande, Pollo.

-¿Te acuestas conmigo?

-Sí, mi amor.

-¿Dejas la luz prendida?

-No puedo, pero vamos a hacer algo: Voy a dejar la puerta del pasillo abierta para que entre luz, ¿sale?

-¡Sale!

Se puso de pie, prendió la luz del pasillo, dejó la puerta entreabierta, y apagó la luz de la habitación. Para ayudar a su hijo a dormir, José le contó un cuento que iba inventando al tiempo, el cual hablaba de un caballero muy valiente llamado Guillermo que vencía dragones y salvaba princesas. Después de un rato, Guillermo se quedó dormido. José lo cubrió con su cobija, besó su frente una vez más, y antes de salir, con lágrimas en los ojos susurró “buenas noches, hijo”.

Al salir del cuarto se encontró a Camila, su esposa, sentada en el piso del pasillo. tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Tomó su mano, la ayudó a ponerse de pie y la abrazó, mientras los dos lloraban. Después de unos cuantos minutos, tomó su rostro entre sus manos y la besó.

-Ahorita regreso.

-Sí. No te tardes, por favor. Ten mucho cuidado.

-Siempre. Te amo.

-Te amo.

Abordó su carro, y condujo. A esas horas no había mucho tráfico, así que no tardó mucho en llegar a la casa abandonada que se encontraba en una brecha que salía de la carretera libre de cuota al sur de la ciudad. Como cada vez que visitaba el lugar, al salir de la carretera apagaba todas las luces para asegurarse de que nadie lo estuviera siguiendo, y al conocer el camino de memoria no le preocupaba chocar con algo (a menos que fuera un animal). Estacionó el carro, abrió la cajuela, sacó una linterna y una maleta de gimnasio que, a decir por su apariencia, estaba llena de fierros y herramientas.

Entró a la casa, encendió la linterna, y en uno de los cuartos iluminó con ella el rostro de un hombre, el cual estaba amarrado a una cruz invertida de madera, y tenía varias extremidades (aparentemente al azar) clavadas a la cruz con clavos de nueve pulgadas, además de quemadas y moretones en todo el cuerpo. José sacó un frasco de antibiótico de su maleta y una jeringa, y comenzó a prepararlo.

-Tu rostro está en todos los noticieros.

-P… Po… Por favor…

-Están ofreciendo recompensa por el “Secuestrador escolar”.

-Por favor…

-“Secuestrador escolar”, ¿quién inventa esos nombres? Pinches sensacionalistas.

-¡POR FAVOR!

-Ya te he dicho que de nada te sirve gritar, no hay nadie que te escuche.

-…

-¿Sabes? Mi hijo tuvo otra pesadilla hoy. Bueno, eso ya lo deberías saber, te lo digo cada vez que te visito.

-P… Perdón…

-Hoy me siento de buenas, aunque no lo creas, así que te voy a dar a escoger.- Vio que el suero que usaba para mantenerlo hidratado se estaba acabando, así que sacó otra bolsa de la maleta.

-P… Per… Perdón…

– Creo que ya es un poco tarde para eso- Dijo mientras cambiaba la bolsa de suero- Te decía, hoy te voy a dejar escoger. ¿Prefieres soplete, pinzas de presión o clavos? Es para tus testículos…

Toalla

El cuarto aún olía a sexo. Los cuerpos, aún sudorosos, reposaban en la cama después de la sesión de sexo desenfrenado. Luisa aún tenía la sonrisa en su rostro mientras abrazaba el torso de Joel, quien la acariciaba tiernamente. Ella fue la primera en romper el silencio.

-No entiendo cómo es que nunca nos emparejamos

-Sabes bien por qué, nunca te menti.

-Lo sé, y lo agradezco.

Soltó a Joel, y tomó un cigarrillo de la cómoda junto a la cama.

-¿Sabes? en algún momento llegué a pensar que tú eras el… Ya sabes… El elegido. Que tú eras con quien iba a estar toda la vida- Hizo una pausa para encender el cigarrillo, y tomó una bocanada- Pero siempre tuve miedo de preguntarte qúe éramos- dijo antes de expulsar el humo.

-¿Por qué?

-Conociendo tu sarcasmo, me hubieras contestado alguna tontería. Además, muchas veces me habías hablado ya de ella. Incluso después de tener sexo, te ponías a llorar por ella mientras me contabas.

-Perdón.

-No, está bien. Eso me ayudó a no hacerme ilusiones.

Joel tomó el cigarro de los labios de Luisa, le dió un beso, y aspiró el humo.

-¿Ya no la has visto?

-No. La última vez que hablé con ella no quedamos en muy buenos términos. Me dijo que me odiaba, que no entendía cómo pudo haber estado conmigo, que me iba a quedar solo, que nadie me iba a querer. Ya sabes, el tipo de cosas que le dices a alguien cuando las cosas no acaban del todo bien.

-Bueno, yo nunca le he dicho esas cosas a nadie. Pero se equivoca- Tomó el cigarrillo otra vez de manos de Joel.

-¿Por qué lo dices?

-Porque yo te amo. Lo sabes.

-Lo sé.

-¿Alguna vez me vas a dar una oportunidad?

-No te puedo mentir. No puedo darte un sí, pero sabes que te tengo un cariño muy especial, así que tampoco puedo decirte que no.

-Te odio.

-No me odias.

-Tienes razón. Te amo. Y a veces abusas de eso.-Tomó una almohada y golpeó a Joel con ella, juguetonamente.- Voy a pasar a tu baño.

-Adelante- Dijo él, sonriendo.

En cuanto ella entró al baño, él se sentó en la orilla de la cama, y comenzó a llorar. Escuchó cómo se abría la regadera, y limpió sus lágrimas, mientras otras lágrimas nuevas seguían brotando de sus ojos.

-¿Me puedes traer una toalla?- Gritó Luisa desde el baño.

-Ahorita te la llevo- Contestó Joel, tratando de disimular la voz. Se puso de pie, abrió la puerta del closet, y siguió llorando, mientras veía el rostro de Judith, también con lágrimas en los ojos, amordazada, y aterrorizada por la promesa de Joel que si hacía algún ruido, Luisa iba a morir, e iba a ser culpa de ella.

Joel la miró fijamente, aún llorando, tratando de encontrar las palabras. Tomó un respiro profundo, y se secó las lágrimas con la toalla que iba a llevarle a Luisa, esperando que no salieran más.

-¿Ves cómo alguien más me puede llegar a amar?- Dijo casi susurrando, antes de cerrar la puerta del closet.

Mayor Tomás

-¿Puede escucharme, Mayor Tomás?

¿Puede escucharme, Mayor Tomás?

Tomás, Mayor del ejército mexicano, estaba apenas recuperando el conocimiento. En su carrera se había enfrentado a varios “monstruos aterradores”, como le gustaba llamarlos en tono de burla. Debido a eso, el estar sentado en esa silla, atado de pies y manos y con sólo una tenue luz sobre él no le causaba temor. Vivir una vida bajo presión lo había hecho, de alguna manera, insensible al miedo. Lo que lo mataba era el no saber qué estaba haciendo ahí.

-Polvo eres, solías decir…- dijo una voz conocida a sus espaldas -Aunque no supe si lo decías poéticamente

-¿Sue?- Preguntó el Mayor Tomás. Sue era una chica cuya familia venía de China con la que había tenido una aventura amorosa (una de múltiples, como buen militar. -¿Eres tú?

-¡Me recuerdas! Yo pensé que ya no, como ya no me has llamado.

-Es que he estado ocupado

-¡Que ocupado ni que las arañas de Marte! Hace dos días saliste con otra mujer.

-¿Me has estado siguiendo?

-No necesito hacerlo, sé como eres. Tienes a tus perras de diamante, como cuando yo solía ser una de ellas. ¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Simplemente te acercaste, y me dijiste “Vamos a bailar”, con esas seguridad que siempre proyectas. ¿En algún momento fui la perra reina?

-Sue, por favor…

¿Por favor qué? ¿Sabías que ya tenía planeada nuestra vida? Soñaba con que un día me dijeras “Sé mi esposa”, y por supuesto que yo iba a decir que sí. Ibamos a tener una hija, Emily, e íbamos a ver a Emily jugar en el parque, pero sólo Dios sabe por qué pasan las cosas. A veces sigo olvidando quién eres. Yo estaba dispuesta a hacer cambios, muchos cambios, pero al parecer para ti siempre fui solamente la niña del jueves. Por cierto, ¿cuándo fue la última vez que hablaste con Rosalyn?

Al Mayor Tomás se le heló la sangre. Nunca le había comentado a Sue de su esposa.

-¿Qué has hecho?

-¿Yo? Nada. La pregunta es qué vas a hacer tú.

Se encendió una luz enfrente de él, y vió a Rosalyn. Como él, estaba atada a una silla, pero estaba amordazada y aún, al parecer, sedada.

-Me decías que todos podíamos ser héroes por sólo un día. Hoy te toca a ti.

Le desató una mano, y puso en ella una pesa de 5 libras.

-Tienes 5 segundos para estirar el brazo enfrente de ti, o un explosivo en el collar de Rosalyn estallará.

Como un reflejo, estiró el brazo hacia enfrente.

-Recuerdo que decías que tenías miedo de los americanos. Irónicamente, un amigo americano fue el que me ayudó a armar esto. Creo que lo vio en una película o algo así. Estos jóvenes americanos de ahora pueden ser muy útiles para muchas cosas.

-¡Estás demente!

-¡No! ¿No lo ves? ¡Estoy enamorada! ¡Tú me obligaste a hacer esto! ¡Rompiste todas mis ilusiones! Antes pensaba que esto realmente podía pasar, pero ahora veo más real la vida en Marte, o que Lázaro se haya levantado de su tumba, aún cuando no creo en nada de eso…

-Sue, por fa…

-¡NO HE TERMINADO!

El Mayor Tomás guardó silencio, y en ese momento Rosalyn comenzó a recuperar el conocimiento, y como era de esperarse, al ver la situación en la que estaba, entró en pánico, intentando gritar y pedir ayuda inútilmente debido a la mordaza que cubría su boca.

-¡Despiertas justo a tiempo! Estaba a punto de explicarle a tu esposo cómo puede salvar tu vida.

-¡Rosalyn, tranquilízate mi amor!

Rosalyn seguía tratando de zafarse y de gritar. Sue tomó una pistola que estaba en una mesa cercana y la puso en la sien de Rosalyn.

-Si no te callas, primero voy a dispararle a tu esposo en el estómago para que lo veas morir lenta y dolorosamente, y después de eso voy a ir por el pequeño David, voy a hacer lo mismo con él, y al final te voy a matar a ti.- susurró Sue en su oído.

Rosalyn guardó silencio.

-Ok, como estaba diciendo: Tomás, sé que eres un hombre fuerte, así que puedes aguantar esa pesa por un tiempo considerable. En el momento en el que bajes el brazo, o sueltes la pesa, el collar que está en el cuello de Rosalyn estallará. Pero si decides subirla por encima de tu cabeza, el tuyo estallará, y ella se salvará. Puedes ser el héroe, como te lo dije.

La habitación quedó en silencio, por unos momentos.

-¿Algo que quieras decir, Tomás?

-Dile a mi esposa que la amo mucho.

-Lo sabe- contestó, y sonrió volteando a verla. Tomás soltó la pesa, ésta golpeó el suelo.

Nada.

Ningun collar explotó. Nadie murió. Sue estalló en una carcajada.

-¿De veras te creíste el cuento de los collares? Esto no es los Estados Unidos, donde pasan cosas que parecen salidas de las películas. Esto es la realidad.

Sue fue al lugar de Rosalyn, la desató, y puso la pistola en sus manos.

-Ese es tu esposo. Tú decides que hacer.

Sue salió de la habitación. Después de unos cuantos pasos, escuchó un disparo. Sonrió.