Feliz Navidad

Ernesto estaba feliz con su nuevo trabajo, aunque fuera temporal. Después de todo, no había sido nada fácil encontrar trabajo con sus antecedentes penales. Se justificaba a si mismo pensando que habían sido errores de juventud, que era un hombre diferente, que había sido la droga y no él, y varias razones más. Pero ninguna le importaba a los empleadores, que le decían el típico “Nosotros le llamamos”, lo cual nunca pasaba. Pero este trabajo le gustaba. Ponerse el traje rojo, las botas negras, los guantes blancos, la barba y peluca blancas y rizadas, salir y ver a los niños sonreír, recibir sus abrazos, sus besos, su cariño, lo hacían olvidar lo malo de su situación.

Ese día había sido pesado. Cargaba encima con casi ocho horas de una fila de niños que parecía interminable, y ni siquiera había tenido tiempo de comer, aunque no le importaba tanto al ver a los niños sonreír cuando llegaba su turno. Incluso algunos de ellos habían compartido galletas, papitas, o lo que estuvieran comiendo con él. Además de tomar breves descansos para beber un poco de agua.

Faltaba poco tiempo para que terminara su turno, cuando llegó el turno de Claudia, una niña un poco más grande que los demás, la cual al acercarse no iba sonriendo. Sus “elfos” se encargaban de hacer una lista de los niños en la fila, así que cuando ella llegó el ya sabía su nombre y edad.

-¡Hola, Claudia!- Dijo Ernesto, sonriendo. Ella no le regresó la sonrisa. Simplemente se sentó en sus piernas.

-Un día difícil, por lo que veo- Siguió diciendo -Jo jo jo jo. No te preocupes amiguita. Dime, ¿qué es lo que quieres está navidad?

-A ti- Contestó ella, y le clavó un cuchillo de cocina entre las costillas repetidamente. Los elfos tardaron en reaccionar, dos de ellos la agarraron y la desarmaron mientras uno trataba de hacer reaccionar a Ernesto, que agonizaba en el suelo. Algunos niños lloraban, horrorizados, mientras que otros habían corrido, presas del pánico. Los curiosos comenzaron a llegar, y algunos, en vez de ayudar, sacaron sus teléfonos celulares y grabaron, tomaron fotos. Incluso una persona se tomó una selfie con el agonizante hombre bonachón de rojo tirado en un charco de sangre como fondo.

Mientras todo eso pasaba, los elfos trataban de detener a Claudia, mientras ella preguntaba a gritos, llorando, por qué el hombre de rojo nunca le había llevado su bicicleta rosa con la canastilla blanca y calcomanías de flores que le pidió por años.

Sopa

-Hola, mi amor- Daniela recibe a Armando como todas las tardes, con un beso y la mesa puesta para una persona -¿Cómo te fue?

-Bien mi vida- Contesta él, y como todas las tardes, cuelga su saco en el perchero, coloca su portafolios a un lado del mismo, se afloja la corbata y se sienta para disponerse a comer.

Daniela sirve la sopa en un tazón, y la lleva a la mesa.

-Aquí está tu sopa, amor. Come.

-Gracias.

-¿Qué hiciste hoy?

-En la mañana tuve junta con mi jefa en su oficina.

-No me cae bien esa mujer.

-Lo sé amor, pero es nada más mi jefa.

-¿Le dijiste de la nueva secretaria?

-Sí. Le dije que ya había puesto el anuncio en OCC el día anterior, que iba a revisar los curriculums que llegaran.

-¿Seguía molesta porque habías corrido a la otra?

-Ya no. Creo que lo que me sugeriste que le dijera que hizo la convenció al final de que había tomado una buena decisión.

-Qué bueno. Come, mi vida.

-Sí.

-¿Revisaste los curriculums?

-Sí, en eso estaba hace rato. Al rato te los mando.

-¿Cómo ves a las candidatas?

-Había una con algo de experiencia. 30 años. Soltera. Ya la descarté.

-¿Y las demás?

-Aún no termino de revisarlos. Deja los reviso y te los paso para que les llames mañana.

-Ok.

-¿Y a dónde fuiste a la hora de la comida?

-Te dije hace rato. Fui a la fonda de Doña Lupe con Javier y Sergio.

-¿Nada más con ellos?

-Sí, mi vida.

-Y qué comiste?

-Pechuga empanizada con ensalada.

-¡Qué rico!

-Sí. Ya sabes que Doña Pelos cocina rico. Me preguntó por ti.

-Me la saludas si vas mañana.

-Ok.

-Come.

-Sí.

 

Se hizo un silencio de unos segundos, después del cual Daniela Preguntó:

-¿Quién es Lidia Márquez?

-Una proveedora- Contestó Armando sin inmutarse -¿Por?

-Es que tenías una solicitud de amistad de ella.

-Me ha de haber encontrado por el Facebook de la empresa.

-¿La vas a aceptar?

-Es una proveedora importante. Yo creo que sí, y ya cuando se haga el trato la elimino.

-¿Es casada?

-Divorciada.

-Ah, mira…

-Mi amor, sabes que sólo tengo ojos para tí, ¿o no?

-Sí, lo se, pero me pongo celosa.

-Para empezar, es una empresaria importante, trae chofer y todo. ¿Crees que se fijaría en mí?

-No lo se, eres muy guapo.

-Tú me ves con ojos de amor.

-¿Me prestas tu celular?

-Sí, toma. Es más, ya me acabé mi sopa.

Daniela tomó el celular de Armando y buscó en los contactos hasta que encontró uno que decía “Sra. Márquez”. Busco el registro de comunicacion entre ellos, y no encontró nada reciente. El último registro era una llamada entrante de hace más de una semana.

-¿Entonces no te llama la atencion ni tantito?- Preguntó Daniela, con un tono entre tristeza y ternura, y la mirada apagada.

-No amor, ni tantito.

-¿Me lo juras?

-Te lo juro.

-Está bien. Te creo- Dijo al fin, con una sonrisa en el rostro.

-¿Me das un besito?

-Sí amor, pero deja te doy el antídoto primero.

-Gracias, mi vida. Te amo.

 

Pesadillas

-¡PAPÁ! ¡PAPÁ! ¡PAPÁ!- Gritaba el pequeño Guillermo desde su cuarto. Había tenido otra pesadilla, la tercera en la semana. José, su padre, entró corriendo a la habitación y lo abrazó.

-¿Qué pasa, Pollo?- Guillermo no podía ni siquiera hablar. La respiración se le entrecortaba entre los sollozos y su rostro estaba cubierto de lágrimas, las cuales no dejaban de brotar. -Aquí estoy hijo, aquí está papi. No pasa nada, fue solo un sueño.

José tomó a su hijo entre sus brazos, lo sentó en su regazo y comenzó a balancearse para arrullarlo, al tiempo que le cantaba al oído “Somewhere over the rainbow”, que era la canción que le cantaba cuando era un bebé para intentar que durmiera o dejara de llorar; casi siempre surtía efecto, y esta vez no fue la excepción: poco a poco, Guillermo se fue tranquilizando, al tiempo que succionaba su pulgar, algo que había dejado de hacer a los tres años y ahora, a los diez, había retomado.

-¿Cómo estás Pollo?- Preguntó José a su hijo

-Tuve una quesadilla.

-Pesadilla, hijo- Lo corrigió, y besó su frente -¿Te acuerdas de lo que te he dicho de las pesadillas?

-¿Que no son de a de veras?

-Exacto, no son reales, ¿qué más?

¿Que no me pueden hacer nada?

-No Pollo, no te pueden hacer nada, ¿qué más?

-¿Que si me vuelve a pasar algo malo tú me vas a proteger?

-Sí mi vida, yo siempre te voy a proteger- Contestó mientras volvía a besar su frente- Ahora duérmete otra vez.

-¿Papá?

-Mande, Pollo.

-¿Te acuestas conmigo?

-Sí, mi amor.

-¿Dejas la luz prendida?

-No puedo, pero vamos a hacer algo: Voy a dejar la puerta del pasillo abierta para que entre luz, ¿sale?

-¡Sale!

Se puso de pie, prendió la luz del pasillo, dejó la puerta entreabierta, y apagó la luz de la habitación. Para ayudar a su hijo a dormir, José le contó un cuento que iba inventando al tiempo, el cual hablaba de un caballero muy valiente llamado Guillermo que vencía dragones y salvaba princesas. Después de un rato, Guillermo se quedó dormido. José lo cubrió con su cobija, besó su frente una vez más, y antes de salir, con lágrimas en los ojos susurró “buenas noches, hijo”.

Al salir del cuarto se encontró a Camila, su esposa, sentada en el piso del pasillo. tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Tomó su mano, la ayudó a ponerse de pie y la abrazó, mientras los dos lloraban. Después de unos cuantos minutos, tomó su rostro entre sus manos y la besó.

-Ahorita regreso.

-Sí. No te tardes, por favor. Ten mucho cuidado.

-Siempre. Te amo.

-Te amo.

Abordó su carro, y condujo. A esas horas no había mucho tráfico, así que no tardó mucho en llegar a la casa abandonada que se encontraba en una brecha que salía de la carretera libre de cuota al sur de la ciudad. Como cada vez que visitaba el lugar, al salir de la carretera apagaba todas las luces para asegurarse de que nadie lo estuviera siguiendo, y al conocer el camino de memoria no le preocupaba chocar con algo (a menos que fuera un animal). Estacionó el carro, abrió la cajuela, sacó una linterna y una maleta de gimnasio que, a decir por su apariencia, estaba llena de fierros y herramientas.

Entró a la casa, encendió la linterna, y en uno de los cuartos iluminó con ella el rostro de un hombre, el cual estaba amarrado a una cruz invertida de madera, y tenía varias extremidades (aparentemente al azar) clavadas a la cruz con clavos de nueve pulgadas, además de quemadas y moretones en todo el cuerpo. José sacó un frasco de antibiótico de su maleta y una jeringa, y comenzó a prepararlo.

-Tu rostro está en todos los noticieros.

-P… Po… Por favor…

-Están ofreciendo recompensa por el “Secuestrador escolar”.

-Por favor…

-“Secuestrador escolar”, ¿quién inventa esos nombres? Pinches sensacionalistas.

-¡POR FAVOR!

-Ya te he dicho que de nada te sirve gritar, no hay nadie que te escuche.

-…

-¿Sabes? Mi hijo tuvo otra pesadilla hoy. Bueno, eso ya lo deberías saber, te lo digo cada vez que te visito.

-P… Perdón…

-Hoy me siento de buenas, aunque no lo creas, así que te voy a dar a escoger.- Vio que el suero que usaba para mantenerlo hidratado se estaba acabando, así que sacó otra bolsa de la maleta.

-P… Per… Perdón…

– Creo que ya es un poco tarde para eso- Dijo mientras cambiaba la bolsa de suero- Te decía, hoy te voy a dejar escoger. ¿Prefieres soplete, pinzas de presión o clavos? Es para tus testículos…

Toalla

El cuarto aún olía a sexo. Los cuerpos, aún sudorosos, reposaban en la cama después de la sesión de sexo desenfrenado. Luisa aún tenía la sonrisa en su rostro mientras abrazaba el torso de Joel, quien la acariciaba tiernamente. Ella fue la primera en romper el silencio.

-No entiendo cómo es que nunca nos emparejamos

-Sabes bien por qué, nunca te menti.

-Lo sé, y lo agradezco.

Soltó a Joel, y tomó un cigarrillo de la cómoda junto a la cama.

-¿Sabes? en algún momento llegué a pensar que tú eras el… Ya sabes… El elegido. Que tú eras con quien iba a estar toda la vida- Hizo una pausa para encender el cigarrillo, y tomó una bocanada- Pero siempre tuve miedo de preguntarte qúe éramos- dijo antes de expulsar el humo.

-¿Por qué?

-Conociendo tu sarcasmo, me hubieras contestado alguna tontería. Además, muchas veces me habías hablado ya de ella. Incluso después de tener sexo, te ponías a llorar por ella mientras me contabas.

-Perdón.

-No, está bien. Eso me ayudó a no hacerme ilusiones.

Joel tomó el cigarro de los labios de Luisa, le dió un beso, y aspiró el humo.

-¿Ya no la has visto?

-No. La última vez que hablé con ella no quedamos en muy buenos términos. Me dijo que me odiaba, que no entendía cómo pudo haber estado conmigo, que me iba a quedar solo, que nadie me iba a querer. Ya sabes, el tipo de cosas que le dices a alguien cuando las cosas no acaban del todo bien.

-Bueno, yo nunca le he dicho esas cosas a nadie. Pero se equivoca- Tomó el cigarrillo otra vez de manos de Joel.

-¿Por qué lo dices?

-Porque yo te amo. Lo sabes.

-Lo sé.

-¿Alguna vez me vas a dar una oportunidad?

-No te puedo mentir. No puedo darte un sí, pero sabes que te tengo un cariño muy especial, así que tampoco puedo decirte que no.

-Te odio.

-No me odias.

-Tienes razón. Te amo. Y a veces abusas de eso.-Tomó una almohada y golpeó a Joel con ella, juguetonamente.- Voy a pasar a tu baño.

-Adelante- Dijo él, sonriendo.

En cuanto ella entró al baño, él se sentó en la orilla de la cama, y comenzó a llorar. Escuchó cómo se abría la regadera, y limpió sus lágrimas, mientras otras lágrimas nuevas seguían brotando de sus ojos.

-¿Me puedes traer una toalla?- Gritó Luisa desde el baño.

-Ahorita te la llevo- Contestó Joel, tratando de disimular la voz. Se puso de pie, abrió la puerta del closet, y siguió llorando, mientras veía el rostro de Judith, también con lágrimas en los ojos, amordazada, y aterrorizada por la promesa de Joel que si hacía algún ruido, Luisa iba a morir, e iba a ser culpa de ella.

Joel la miró fijamente, aún llorando, tratando de encontrar las palabras. Tomó un respiro profundo, y se secó las lágrimas con la toalla que iba a llevarle a Luisa, esperando que no salieran más.

-¿Ves cómo alguien más me puede llegar a amar?- Dijo casi susurrando, antes de cerrar la puerta del closet.

Mayor Tomás

-¿Puede escucharme, Mayor Tomás?

¿Puede escucharme, Mayor Tomás?

Tomás, Mayor del ejército mexicano, estaba apenas recuperando el conocimiento. En su carrera se había enfrentado a varios “monstruos aterradores”, como le gustaba llamarlos en tono de burla. Debido a eso, el estar sentado en esa silla, atado de pies y manos y con sólo una tenue luz sobre él no le causaba temor. Vivir una vida bajo presión lo había hecho, de alguna manera, insensible al miedo. Lo que lo mataba era el no saber qué estaba haciendo ahí.

-Polvo eres, solías decir…- dijo una voz conocida a sus espaldas -Aunque no supe si lo decías poéticamente

-¿Sue?- Preguntó el Mayor Tomás. Sue era una chica cuya familia venía de China con la que había tenido una aventura amorosa (una de múltiples, como buen militar. -¿Eres tú?

-¡Me recuerdas! Yo pensé que ya no, como ya no me has llamado.

-Es que he estado ocupado

-¡Que ocupado ni que las arañas de Marte! Hace dos días saliste con otra mujer.

-¿Me has estado siguiendo?

-No necesito hacerlo, sé como eres. Tienes a tus perras de diamante, como cuando yo solía ser una de ellas. ¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Simplemente te acercaste, y me dijiste “Vamos a bailar”, con esas seguridad que siempre proyectas. ¿En algún momento fui la perra reina?

-Sue, por favor…

¿Por favor qué? ¿Sabías que ya tenía planeada nuestra vida? Soñaba con que un día me dijeras “Sé mi esposa”, y por supuesto que yo iba a decir que sí. Ibamos a tener una hija, Emily, e íbamos a ver a Emily jugar en el parque, pero sólo Dios sabe por qué pasan las cosas. A veces sigo olvidando quién eres. Yo estaba dispuesta a hacer cambios, muchos cambios, pero al parecer para ti siempre fui solamente la niña del jueves. Por cierto, ¿cuándo fue la última vez que hablaste con Rosalyn?

Al Mayor Tomás se le heló la sangre. Nunca le había comentado a Sue de su esposa.

-¿Qué has hecho?

-¿Yo? Nada. La pregunta es qué vas a hacer tú.

Se encendió una luz enfrente de él, y vió a Rosalyn. Como él, estaba atada a una silla, pero estaba amordazada y aún, al parecer, sedada.

-Me decías que todos podíamos ser héroes por sólo un día. Hoy te toca a ti.

Le desató una mano, y puso en ella una pesa de 5 libras.

-Tienes 5 segundos para estirar el brazo enfrente de ti, o un explosivo en el collar de Rosalyn estallará.

Como un reflejo, estiró el brazo hacia enfrente.

-Recuerdo que decías que tenías miedo de los americanos. Irónicamente, un amigo americano fue el que me ayudó a armar esto. Creo que lo vio en una película o algo así. Estos jóvenes americanos de ahora pueden ser muy útiles para muchas cosas.

-¡Estás demente!

-¡No! ¿No lo ves? ¡Estoy enamorada! ¡Tú me obligaste a hacer esto! ¡Rompiste todas mis ilusiones! Antes pensaba que esto realmente podía pasar, pero ahora veo más real la vida en Marte, o que Lázaro se haya levantado de su tumba, aún cuando no creo en nada de eso…

-Sue, por fa…

-¡NO HE TERMINADO!

El Mayor Tomás guardó silencio, y en ese momento Rosalyn comenzó a recuperar el conocimiento, y como era de esperarse, al ver la situación en la que estaba, entró en pánico, intentando gritar y pedir ayuda inútilmente debido a la mordaza que cubría su boca.

-¡Despiertas justo a tiempo! Estaba a punto de explicarle a tu esposo cómo puede salvar tu vida.

-¡Rosalyn, tranquilízate mi amor!

Rosalyn seguía tratando de zafarse y de gritar. Sue tomó una pistola que estaba en una mesa cercana y la puso en la sien de Rosalyn.

-Si no te callas, primero voy a dispararle a tu esposo en el estómago para que lo veas morir lenta y dolorosamente, y después de eso voy a ir por el pequeño David, voy a hacer lo mismo con él, y al final te voy a matar a ti.- susurró Sue en su oído.

Rosalyn guardó silencio.

-Ok, como estaba diciendo: Tomás, sé que eres un hombre fuerte, así que puedes aguantar esa pesa por un tiempo considerable. En el momento en el que bajes el brazo, o sueltes la pesa, el collar que está en el cuello de Rosalyn estallará. Pero si decides subirla por encima de tu cabeza, el tuyo estallará, y ella se salvará. Puedes ser el héroe, como te lo dije.

La habitación quedó en silencio, por unos momentos.

-¿Algo que quieras decir, Tomás?

-Dile a mi esposa que la amo mucho.

-Lo sabe- contestó, y sonrió volteando a verla. Tomás soltó la pesa, ésta golpeó el suelo.

Nada.

Ningun collar explotó. Nadie murió. Sue estalló en una carcajada.

-¿De veras te creíste el cuento de los collares? Esto no es los Estados Unidos, donde pasan cosas que parecen salidas de las películas. Esto es la realidad.

Sue fue al lugar de Rosalyn, la desató, y puso la pistola en sus manos.

-Ese es tu esposo. Tú decides que hacer.

Sue salió de la habitación. Después de unos cuantos pasos, escuchó un disparo. Sonrió.

Sé como José

Mamá siempre me ha dicho que debo ser como José, mi hermano mayor. Terminó la carrera a los 21 años y desde entonces consiguió un trabajo estable, en el cual ha ido ascendiendo debido a su buen desempeño. Ya se compró su segundo carro (de agencia, del año, igual que el primero), tiene un matrimonio estable y está a punto de sacar un crédito para una casa. En cambio yo, a mis 21 años, me encuentro en el tercer semestre de una carrera que no sé si es lo que quiero hacer en mi vida, y no sé si vaya a terminar, no tengo novia, en fin, para qué enumerar todas las cosas que mi mamá dice que están mal en mí, nunca terminaría.

Mi madre siempre me dice que nunca le hago caso, que no tomo en cuenta sus consejos, que voy a terminar mal, así que decidí hacerle caso. Pero ser como José no es nada fácil.

A las 8 de la mañana, puntualmente, como José lo haría, entré a su oficina, usando su traje (afortunadamente usamos la misma talla) y cargando su portafolios. Todos sus compañeros de trabajo se me quedaban viendo y empezaron a murmurar entre sí. No entiendo cómo es que José puede trabajar de esa manera.

Después de encender su computadora y revisar algunos archivos (tratando de descifrar qué es lo que tenía que hacer) llegó el jefe de José con dos guardias de seguridad y me escoltaron a la salida. No me permitieron entrar otra vez. Si así le pasa todos los días a José, su turno es más corto de lo que esperaba.

Decidí ir a un parque cercano a leer un rato (no me gusta leer, pero en el portafolio de José encontré un libro). El teléfono celular de José sonó algunas veces, pero al contestar la voz del otro lado decía “Perdón, creo que me equivoqué de número”. Qué raro.

Llegó la hora de la comida. Sé que José va a comer a diferentes resturantes del rumbo, así que elijo uno al azar. Al tratar de pagar me dicen que no me parezco a la foto de mi credencial para votar (la de José), y que no me pueden aceptar el pago con tarjeta. Afortunadamente, José siempre carga efectivo en la cartera, así que el problema no pasa a mayores.

Qué día tan aburrido. Decido adelantar el horario del gimnasio, pero cuando llego al lugar donde tenía estacionado el carro de José, el inmovilizador en la llanta me recuerda que olvidé ponerle monedas suficientes al parquímetro y decido saltarme el gimnasio, total, con la caminata a casa de José será ejercicio suficiente.

Llego a casa de José,  y Ángela, su esposa, se extraña al verme. Trato de darle un beso, pero se resiste. Pienso que, al estar casados, ella tiene que cumplir con sus obligaciones como esposa. Me cuesta trabajo hacerle el amor. Nunca había tenido que forzar a alguien. Se desmayó de los golpes que me ví obligado a darle. O se murió, la verdad no sé. Si así es para José todos los días, entiendo por qué no han tenido hijos.

José bebe poco, pero sé que para relajarse, después de un arduo día se sirve una copa de vino tinto, así que hago lo propio. No sé cómo es que puede tomarlo a temperatura ambiente, lo tuve que poner un rato en el congelador para poder disfrutarlo. Sí, estoy tratando de ser como José, pero no todo tiene que ser exactamente igual, ¿o sí?

José tiene que presentarse mañana al trabajo. Maldición, tengo que regresar al carro a sacar el cadáver de la cajuela.

Esto de ser José no me gustó. Creo que no es lo mío. Prefiero ser yo mismo.

Ana

Una a una, Israel iba deslizando las fotos que veía en Tinder a la izquierda. Nunca había usado el internet para conocer mujeres, pero después de lo que había pasado en su pueblo natal, que lo había obligado a mudarse a un lugar donde nadie lo conociera, parecía la opción más viable. Además de que siempre se le había dificultado relacionarse con otras personas. Pero por algo había decidido irse al Distrito Federal, era una ciudad más grande, y era más fácil pasar desapercibido. Pensaba que, al haber mayor densidad de población, tendría más oportunidades de conocer a alguien que compartiera un poco sus gustos, o sino, podría salir impune más fácilmente. Al final había logrado librarla, ya que no lo habían ligado con los otros casos, pero pudo haber sido peor de lo que fue. Aun así, tuvo que irse, ya que su caso había sido sonado en su pueblo y no tenía muchas opciones, ni de conocer personas, ni de trabajo, ni de nada. El DF era una oportunidad de iniciar de nuevo, en un mar de rostros desconocidos que ofrecían oportunidades nuevas, aventuras nuevas, vida nueva…

Nancy se veía ridícula con ese sombrero. Karla no parece de 32, se ve como de 18. ¿Qué pedo con el Photoshop de Cintia? No le gustó el nombre de Arly, no le gustaban los nombres raros. La foto de Anahí parecía bajada de internet, y probablemente lo era. Había pasado, pensó, más de 200 fotos. Ninguna se veía natural, ninguna le llamaba la atención. Incluso se preguntó cómo es que algunas se habían atrevido a subir fotos tan ridículas. Hasta que vio a Ana. 32 años. A 20 kilómetros de distancia. Le pareció lejos, pero siendo el Distrito Federal, no era tanto, esperaba. Tenía una sonrisa que daba confianza, y sus ojos, cafés, le parecieron expresivos. Su cabello castaño oscuro ondulado y su piel blanca la hacían ver muy bien. Bueno, también era una muy buena foto. Así que decidió darle LIKE, total, para eso era. Siguió viendo fotos, hasta que se dio cuenta que ya eran las 2 de la mañana, y que, a diferencia de su pueblo, donde podía levantarse a las 7 para llegar a trabajar a las 8, ahora tenía que levantarse a las 5 si quería llegar a tiempo.

Como a las 10 de la mañana recibió una notificación en su celular que decía “Congratulations, you have a new match”. Ana. Sonrió. Inmediatamente le mandó un mensaje diciendo simplemente “Hola”, el cual fue respondido casi inmediatamente con una respuesta similar. Se dio cuenta de que no tenían tantas cosas en común, pero le resultaba agradable platicar con ella. Y aparte, le había dado LIKE a su foto, así que le había gustado, aun cuando había decidido poner una foto no tan agraciada. Se le veían las entradas, y traía la barba de tres días que, a diferencia de los modelos de las revistas, a él no se le veía bien; además, se notaba por su cara que tenía algo de sobrepeso. Aprendió de ella que le gustaba el rock de los 90s, que su papá tenía un restaurante argentino (aunque era mexicano), que vivía sola desde hace 6 años, que tenía tres tatuajes, y que pensaba hacerse más. Él no se abrió tanto, no quería mentirle, así que prefería ocultar las cosas. Le dijo que había venido al DF para buscar un mejor trabajo, que tenía 35 años, y que apenas estaba acostumbrándose a la vida en la gran ciudad. Acordaron verse el siguiente miércoles en la noche en el Salón Corona, lo cual le pareció perfecto, ya que así ella no tendría tiempo de arrepentirse. Y así siguieron platicando hasta el día de la cita, diciendo todo lo que estaban haciendo en el día, sin cursilerías, mientras Israel pensaba en todas las cosas que le iba a hacer.

A las nueve de la noche del miércoles, puntualmente, Israel estaba en el Salón Corona. Para su suerte, consiguió una mesa en la parte exterior. Ana llegó, elegantemente tarde, diez minutos después. A pesar de que el clima estaba un poco frío, traía una blusa negra escotada, que dejaba ver sus redondeados pechos, e inmediatamente Israel se imaginó arañándolos hasta hacerlos sangrar. El pidió una cerveza de barril clara, y ella una oscura. Platicaron de cosas triviales, y comenzaron a jugar un juego, sugerencia de Ana: por turnos, uno le haría preguntas al otro, y tendrían que contestar con la verdad. Empezaron con preguntas inocentes, como el color favorito y el libro que más veces habían leído, hasta que las preguntas fueron subiendo de tono poco a poco. Cuando Ana le preguntó a Israel cuál era su posición sexual favorita, se la imaginó amarrada de las cuatro extremidades a los postes de la cama con alambre de púas, mientras la penetraba por detrás, le jalaba el cabello, y le golpeaba la boca hasta hacerla sangrar. En lugar de eso, le dijo que realmente no tenía una posición favorita, que le gustaba improvisar. Sonriendo, le dijo que eso era bueno, que le gustaban los hombres creativos. Cuando ella le preguntó qué haría si la tuviera desnuda enfrente en ese momento, pensó en decirle que le daría un puñetazo en la boca, y trataría de darle tan fuerte como para tumbarle por lo menos tres dientes, después de eso la obligaría a hacerle sexo oral, ya que le encantaba la sensación de la sangre tibia y la falta de dientes al hacerlo. En su lugar, le dijo que le besaría la espalda hasta hacerla vibrar. Pensó que, de cualquier forma, no había revelado tanta información personal y probablemente podría hacerlo de todos modos.

Después de un buen número de ir y venir de preguntas, sin consultarle, Ana pidió la cuenta. Antes de que el pudiera preguntarle si ya se quería ir, o si se había aburrido, ella le sugirió seguir la fiesta en su casa. Antes de que pudiera decir que sí, Ana le dio un beso. Un beso mordido, que casi le hace sangrar el labio. Eso le presagió que la buena noche no había terminado.

Al entrar al departamento de Ana, se empezaron a besar apasionadamente. Ella bajó el ritmo un poco, le dijo que esperara, que valdría la pena, pero que quería platicar un poco más. Se sentaron en una pequeña sala con sillones verdes y, sin preguntarle, le sirvió un caballito de mezcal de Oaxaca. Sirvió uno de tequila para ella misma, pues el mezcal no le gustaba, sólo lo tenía para las visitas, y brindaron. Se besaron otra vez, y en ese momento Israel empezó a sentir que todo le daba vueltas, mientras Ana le preguntaba si todo estaba bien. Su mundo se enmudeció poco a poco, al tiempo de que sus ojos se cerraban lentamente, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.

Despertó en un lugar oscuro, sobre una cama fría como de metal. Al tratar de moverse, se dio cuenta de que estaba amarrado con una especie de correas de cuero y no podía moverse. En un cuarto contiguo, escuchó dos voces. Aunque no podía descifrar lo que decían, reconoció la voz de Ana.

La oscuridad se rompió al abrirse una puerta y las palabras se escuchaban más claras. Las últimas que escucharía en su vida, aunque en ese momento no lo supiera, serían: “Gracias hija. No sabes lo difícil que es encontrar carne fresca en estos días”.